Barrio de San Juan

Corre la especie de que México es una de las mejores ciudades para comer en el mundo. Como cualquier chilango verdaderamente glotón sabe, eso es una exageración. Pero si tomáramos la parte por el todo y el barrio de San Juan fuera la ciudad de México, la afirmación podría ser cierta. San Juan (de Letrán es su apodo) es la panza del DF, es lo que fue Les Halles en el París de Émile Zola: le ventre de CDMX. Todo lo comestible parece concentrarse en este barrio, ajetreadísimo, de competencia brutal.

De los mercados de San Juan

Tras la conquista la ciudad de México quedó dividida en tres partes; una de ellas, exclusivamente para indios: San Juan Tenochtitlán. Ésta, a su vez, en cuatro barrios; en el barrio de San Juan Moyotla –que es, más o menos, lo que hoy conocemos como barrio de San Juan, y que está limitado, más o menos, por eje central al oriente, Balderas o acaso Bucareli al poniente, Arcos de Belén al sur e Independencia al norte– estaba el gobierno de la parcialidad, la capilla y, notablemente, el tianguis de los indios. Ese tianguis es el que dio paso, primero, al llamado mercado de Iturbide; después, en el siglo pasado, a los cuatro mercados del barrio: el de Arcos de Belén, dedicado principalmente a venta de alimentos preparados; el de artesanías (frente a la Plaza Pugibet); el de flores (López y Pugibet); el de pollos (disperso por varias calles del barrio) y naturalmente el de ingredientes especializados que hoy lleva el nombre de Ernesto Pugibet, pues ocupa lo que fue la bodega de la Cigarrera de Buen Tono, propiedad de Pugibet.

Este mercado es una gloria del folclorismo y la turisteada: frutas que posan para la foto, hongos indígenas en pirámide, atunes enormes, amplias disposiciones de percebes y langostas, señoras de cara increíblemente arrugada que sientan puestitos de chapulines a las puertas del mercado, una zona dedicada a comidas prehispánicas, otra a ingredientes asiáticos o encaminados al mercado asiático (especialmente el chino: no en balde el barrio chino del DF está metido como una daga en la orilla norte de San Juan). También hay restaurantes: barras de tapeo, cebicherías, cafés, fonditas. Casi todo, bendita sea la derrama, a precios encajosos.

Tacos, tacos, tacos

El barrio panza de la ciudad de los tacos tenía que ser el barrio de los tacos. Hay tacos de mariscos (en el K-Guamo, por ejemplo), tacos al pastor (famosamente, aquí está el local original de El Huequito, que es de veras un huequito), tacos de pollo rostizado (esos se cargan hacia Arcos de Belén), tacos de cabeza en un par de esquinas de la calle Dolores, tacos placeros y tacos al carbón y tacos de guisados y tacos de carnitas y tacos de moronga sobre López y… El barrio también ha desarrollado un especial afecto por la cochinita pibil. Aquí están algunos de los mejores ejemplares de este platillo: Mi Taco Yucateco en Aranda, Tacos Ayuntamiento 106, que en el nombre llevan la dirección, Cochinita San Juan (junto al mercado de Arcos). Yo no sé nada pero los mejores, tal vez, son los del Taco de Oro de la XEW: más complejos, más profundos. Más inolvidables. Otro afecto taquero de San Juan: los embutidos. Desde cuando menos el siglo XVIII los obradores de Mexicaltzingo y otras zonas cercanas a Toluca han vendido sus productos en el barrio. Hoy hay, por lo menos, dos taquerías donde se pueden comer estos productos. Juanitos, que llegó a la zona en 1986, cuando el barrio apenas comenzaba a reponerse del terremoto; y Ricos Tacos Toluca, atendida por el taquero ninja zen Ted Oliver, que es probablemente la mejor taquería de la CDMX: chorizo verde y almendrado, queso de puerco, obispo. Tacos indiscutibles.

Y café

Se podría hacer un catálogo del tamaño de este sitio sobre todas las comidas de San Juan: tortas clásicas y tortas de luchadores, novedades como el mercado Independencia o el restaurante que acompaña al Bósforo, caldos de gallina, juguerías, hueverías, dulcerías, cantinas, cocinas económicas, cocina regia, cocina coreana, lamien y ramyun y ramen, tortillerías, pozolerías, panaderías deliciosas, ¡porchetta!, y no acabaríamos. Así que detengámonos en el Café La Habana, que está al poniente del barrio. Hay algo de mítico en él: se dice que el Che Guevara y Fidel Castro planearon aquí el principio de la revolución cubana. Ha sido uno de los espacios favoritos del periodismo cultural mexicano (por su cercanía a las oficinas principales de varios periódicos nacionales) y, en su momento, de la intelectualidad del exilio español en México; también fue punto de reunión del movimiento infrarrealista de Roberto Bolaño, Papasquiaro, José Vicente Anaya y el resto de aquellos inconformes jóvenes poetas. Qué bonito es todo.


Ahora, pónganse zapatos cómodos o agarren una bici: recorran San Juan –

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